julio 25, 2012

Pésame

Hacía una tarde espléndida. Nuevamente la jauría de perros había desatado su inclemente cacería contra el combo de los vecinos; en el firmamento, un sol naranja daba lustre al púrpura de cirros y cúmulos, y el viento azotaba la copa de los eucaliptos.

La llamada fue breve. Bebí del vaso antes de pronunciar palabra; no había mucho que decir. Me centre en nimiedades mientras dejaba que se filtrara por la ventana ese mar de policromías que embestía desde el horizonte. Pensé en la brevedad de la vida, en la fragilidad humana, en la idea de eternidad que estuvo a punto de llevarme a la locura cuando era niño y me provocaba arrebatos de misticismo en la adolescencia. No dije nada inteligente; ignoro si mis palabras llevaron algún consuelo. Algunas veces, no esperamos palabras sino nombres repletos de silencio.

Colgué.

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