E.G. de la S. (1928-1967)
Hubo un tiempo en que miles se tocaron con su pequeña boina,
y muchos miles más enarbolaron grandes ampliaciones
de su efigie, mientras coreaban al unísono su nombre.
Irreales parecen ahora aquellas marchas a través de la City,
casi como el país y la clase en que había nacido.
Lejos de los mataderos y de las barracas y de los burdeles
se desmoronaba la quinta costanera de su padre. Voló el dinero,
pero se conservaba la piscina. Un niño retraído,
alérgico, a veces al borde de la asfixia. Luchó contra su cuerpo,
fumó habanos, se convirtió (sea ello lo que fuere) en un hombre.
Debajo de la almohada, Julio Verne. Su primer asalto,
su primera huída hacia la realidad: Trópicos Tristes.
Pero los leprosos bajo el carcomido porche junto al Amazonas
no entendían lo que decía y siguieron muriendo. Fue entonces
cuando encontró al enemigo que le fue fiel hasta la muerte,
y al enemigo del enemigo. Y a las pocas victorias le pareció
muy nueva la vieja idea del Hombre Nuevo. Pero la economía
no escuchaba sus discursos. Escaseaban los espaguetis.
Tampoco había pasta dentífrica, y ¿cómo hacer dentífrica?
Los billetes de Banco con su firma no valían nada.
El azúcar se pegaba a la camisa. Máquinas pagadas con divisas fuertes
se oxidaban en los muelles. La Rampa vibraba de rumores.
Zalemas a Moscú, nuevos créditos. El pueblo guardaba colas,
no era de fiar, hacía chistes de hambriento. Espías por doquier,
intrigas que no entendió jamás. El eterno extranjero.
Quiso dar lecciones de moral a los rusos. El altruista predicó
a gritos «el odio que debía convertir a los hombres
en una violenta, fría y efectiva máquina de matar». Siendo en verdad
tan delicado que su lectura favorita eran poemas (a Baudelaire
se lo sabía de memoria). Un débil fracasado. Carnaza para los servicios secretos.
De modo que se refugió en las armas y se quedó allí donde todo era claro
e inequívoco: enemigo el enemigo y traición la traición: en la selva.
Sólo él mismo parecía extinguido. «Gordezuelo, barbilampiño, entradas grises,
lentes de vidrios gruesos, como un viajante con su abrigo de comando»: así
disfrazado, inició en Ñancahuazú su última misión.
No hablaba quechua, ni guaraní. « El silencio de los indios
era absoluto, como si viniéramos de otro mundo». Insectos,
plantas trepadoras, matorrales. «Campesinos como piedras». Cólicos,
accesos de tos, edemas, sobredosis de cortisona, adrenalina.
Jadeando, la última inyección: «¡Ave María Purísima!»
Ya la leyenda de la guerrilla crece como
espuma: ya somos los superhombres
invencibles». (Siempre esa ironía demoledora
inadvertida por los compañeros). «Una piltrafa humana», un ídolo.
«Le habríamos dado un empleo», anunciaron los más progresistas
de sus mortales enemigos. En vez de eso le dieron un destino de cadáver.
y lo expusieron con las manos cortadas. «Una aventura mística» y «una
pasión que recuerda irresistiblemente la figura de Cristo»,
escribieron sus partidarios . Y él: « Les honneurs, ça m''emmerde.»
No hace tanto tiempo, y ya olvidado. Sólo los historiadores
anidan, como polillas, en el paño de su uniforme.
Boquetes en la guerra popular. Por lo demás, en la metrópoli
sólo habla todavía de él una boutique que se ha apropiado de su nombre.
En la Kensington High Street se consumen varillas de sahumerio;
junto a la caja se sientan los últimos hippies, taciturnos,
irreales, como fósiles, incontestables y casi inmortales.
Se interrumpe el texto, y las respuestas siguen pudriéndose tranquilamente.
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