Una pequeña dosis de entusiasmo acude a aceitar esta vieja maquinaria que comenzaba a herrumbrarse con el moho de la rutina & los silicatos del letargo. Sólo el entusiasmo puede movernos a encender las luces, a sacar la nave de su punto de invernación & reactivar los motores de la palabra.
De un momento a otro estábamos en mitad de una fiesta & todos charlaban & bailaban, & el pianista tocaba "chipi-chipi-bom-bom" & bebía de un vaso de whisky enormemente largo como un tubo de ensayos & escupía un par de insultos contra quienes le recordaban lo "sui-generis".
¡Era tan divertido todo!
& entonces algunos mandaban sus emisarios para alimentar el fuego de la compañía: éste manda a Caheiro, aquél o aquella a Salinas, otra más a Guillén... & con todos ellos se hacía difícil no celebrar de vez en cuando una "última cena" & repetir el gesto de la redención, del perdón, de uno mismo & sudar lágrimas de sangre en algún huerto & mirar a los ojos, sin rencor alguno, a la traición.
Sin embargo, cuando los esteroides del entusiasmo claudican & se bajan los niveles de endorfinas, caemos de nuevo en el invierno cósmico & la nave queda a la deriva, a la espera de otro acaecimiento. Todo movimiento cesa, baja la actividad de los neurotransmisores, se agota el combustible de las cerotoninas, mengua la oscilación de las moléculas del gas radioactivo que aspiramos & todo cae -como luzbel en su día- cuando nos sumergimos en los cero grados Kelvin del no-querer, no-hacer, no-ser.
Ahora cuando sentimos que el entusiasmo decae de nuevo & que de pronto no podremos levantarnos nunca más -así de grave pican las tarántulas del aburrimiento-; ahora, cuando pensar en la Minora aminora nuestro miedo a derrumbarnos, sólo queremos pedir a ustedes un último favor en palabras de Kavafis: "sobre todo no te engañes, nunca digas que es un sueño, (...) a tan vana esperanza no desciendas".
De un momento a otro estábamos en mitad de una fiesta & todos charlaban & bailaban, & el pianista tocaba "chipi-chipi-bom-bom" & bebía de un vaso de whisky enormemente largo como un tubo de ensayos & escupía un par de insultos contra quienes le recordaban lo "sui-generis".
¡Era tan divertido todo!
& entonces algunos mandaban sus emisarios para alimentar el fuego de la compañía: éste manda a Caheiro, aquél o aquella a Salinas, otra más a Guillén... & con todos ellos se hacía difícil no celebrar de vez en cuando una "última cena" & repetir el gesto de la redención, del perdón, de uno mismo & sudar lágrimas de sangre en algún huerto & mirar a los ojos, sin rencor alguno, a la traición.
Sin embargo, cuando los esteroides del entusiasmo claudican & se bajan los niveles de endorfinas, caemos de nuevo en el invierno cósmico & la nave queda a la deriva, a la espera de otro acaecimiento. Todo movimiento cesa, baja la actividad de los neurotransmisores, se agota el combustible de las cerotoninas, mengua la oscilación de las moléculas del gas radioactivo que aspiramos & todo cae -como luzbel en su día- cuando nos sumergimos en los cero grados Kelvin del no-querer, no-hacer, no-ser.
Ahora cuando sentimos que el entusiasmo decae de nuevo & que de pronto no podremos levantarnos nunca más -así de grave pican las tarántulas del aburrimiento-; ahora, cuando pensar en la Minora aminora nuestro miedo a derrumbarnos, sólo queremos pedir a ustedes un último favor en palabras de Kavafis: "sobre todo no te engañes, nunca digas que es un sueño, (...) a tan vana esperanza no desciendas".
Es todo.
-Molibdenus